ESCUADRON 201
En la historia de nuestro país hay hechos que a pesar de ser relevantes, con el tiempo quedan en el olvido y lo que es peor, sin un reconocimiento digno. Y le comento lo anterior debido a que aunque a principios de la Segunda Guerra Mundial, México mantenía su posición de neutralidad, en mayo de 1942, embarcaciones mexicanas que abastecían petróleo a los Estados Unidos fueron atacadas en aguas del Golfo de México por submarinos alemanes que torpedearon y hundieron los buques petroleros: Potrero del Llano el 13 de mayo de 1942 frente a las costas de Florida, y durante el mismo año: el Faja de Oro, perpetrado el 20 de mayo; Tuxpan, el 26 de junio; Las Choapas, el 27 de junio; Oaxaca, el 27 de julio; y el Amatlán, el 4 de septiembre.
Debido a estos actos de agresión, el presidente de la República, el general Manuel Ávila Camacho, declaró la guerra a Alemania, Japón e Italia. El gobierno mexicano, después de evaluar la situación económica y militar del país, determinó contribuir con el esfuerzo bélico aliado enviando un contingente cuya actuación fuese significativa, sin representar un alto costo humano y económico.
El Heroico Escuadrón 201 era una agrupación de la fuerza aérea mexicana que fue enviada a combatir por nuestro país como parte de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. En este conflicto bélico las relaciones internacionales entre México y el resto del mundo cambiaron radicalmente. Las naciones aliadas, principalmente Estados Unidos, aumentó sus esfuerzos para mantener a los países latinoamericanos de su lado.
El comentario de este día lo hago debido a que el senador por Aguascalientes, Felipe González González, acaba de rescatar una iniciativa de ley presentada por el Gral. y senador Gabriel Leyva Velázquez el 23 de noviembre de 1945, para que se grabara con letras de oro en el muro de sesiones de la Cámara de Diputados la inscripción: ESCUADRON 201. Lo anterior nunca se cumplió y hoy a 63 años de aquella propuesta Felipe González acaba de revivir la iniciativa del senador Leyva.
Felipe me comentaba los motivos que lo llevan a desempolvar este asunto: “No obstante que habiendo transcurrido casi 63 años de la iniciación de dicho trámite legislativo, nunca se llevó a cabo, por lo que en un estricto acto de justicia histórica y de congruencia legislativa he exhortado respetuosamente a la H. Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, a grabar con letras de oro en el muro del salón de sesiones la inscripción “Escuadrón 201”.
Lo anterior es indudablemente un acto importante de congruencia y justicia legislativa que única y exclusivamente salda una deuda histórica de México con el grupo de hombres que integraron el “Escuadrón 201” también conocido como las “Águilas Aztecas” y que estaba formado por alrededor de 300 elementos de la Fuerza Aérea Mexicana, 36 de ellos pilotos que volaron más de 90 misiones de combate, totalizaron más de 1,900 horas de vuelo y participaron principalmente en misiones de bombardeo a Luzón en Filipinas y Formosa (ahora Taiwán) para sacar a los japoneses de esas islas. Durante estas misiones 5 pilotos mexicanos murieron: uno derribado, uno estrellado y tres por falta de combustible cayeron al mar y murieron.
DOS DE OCTUBRE…¡NO SE OLVIDA!
Hace 40 años, el país entró en lo que muchos analistas han dado en llamar el parteaguas en la historia de México. Si esto es verdad, no hay nada que lo confirme.
En todo caso, me inclinaría por la definición que hiciera el ex presidente José López Portillo: “Fue una crisis de conciencia nacional”.
Pero quizás ni siquiera eso. Es probable que en los sangrientos sucesos del dos de octubre de 1968, muchas cosas se hayan distorsionado, muchos datos ocultado y muchas culpas escondidas en el silencio cómplice del poder. Eso sí: los culpables no solamente estaban en el poder, sino en quienes utilizaron a los jóvenes como carne de cañón.
Yo he sostenido que Luis Echeverría no fue el culpable directo de los sucesos del dos de octubre. Eso de ningún modo lo hace inocente. Pero en estricto rigor de la objetividad, él no dio las órdenes. No porque no simpatizara con la idea de usar las armas, sino porque, como secretario de Gobernación, no podía ordenarle al Ejército.
En todo caso, el presidente Díaz Ordaz asumió públicamente la responsabilidad de lo sucedido.
De todos los actores que protagonizaron los hechos de aquel año aciago, sólo uno tuvo el valor de escribir su versión personal. Fue el general Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa de Díaz Ordaz.
Lamentablemente, el general no quiso que su testimonio se conociera mientras él vivió. Los manuscritos se los legó a su hijo Javier García Paniagua con la orden expresa de que los entregara al periodista Julio Scherer García, su amigo.
Por razones que nunca quiso explicar, García Paniagua conservó su preciado legado en su poder hasta su muerte. Scherer recuerda que fue insistente en su petición de que le entregara los manuscritos.
García Paniagua siempre tenía la misma respuesta: A su tiempo, don Julio.
Días después de su muerte, su hijo Javier García Morales visitó a Scherer para hacerle entrega de los documentos. Le dijo que su padre le había instruido, poco antes de morir, que cumpliera con la entrega después del sepelio.
He dicho que es lamentable que el general García Barragán no diera a conocer sus testimonios en vida, porque, ya muerto, sus revelaciones carecieron de valor jurídico. Es decir, de valor probatorio.
Un jurista me explicaba que todo testimonio por escrito requiere de una confirmación personal.
Obviamente, en el caso del General eso era imposible.
En una carta escrita de su puño y letra para su hijo Javier García Paniagua, el general García Barragán le hace las siguientes revelaciones:
"Javier: has de recordar que el dos de octubre, en el tiroteo de Tlatelolco, el general Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor Presidencial, mandó apostar, en los diferentes edificios que dan a la Plaza de las Tres Culturas, 10 oficiales armados con metralletas, con órdenes de disparar sobre la multitud ahí reunida y que fueron los actores de algunas bajas entre la gente del pueblo y soldados del Ejército. Todos pudieron salir de sus escondites, menos un teniente que fue hecho prisionero por el general Mazón Pineda. Eso mismo me lo confirmó el general Oropeza en conferencia telefónica diciéndome: 'Mi General, de orden superior envié 10 oficiales del Estado Mayor Presidencial armados con metralletas para apoyar la acción del Ejército contra los estudiantes revoltosos'. Cuando el Ejército entró en los edificios, ordené que cuanto antes regresaran a sus puestos, concentrándose, pero un teniente no pudo salir y lo tenía preso el general Mazón Pineda, y preguntó: ¿Quiere usted ordenar que lo pongan en libertad? Contestación mía: '¿Por qué no me informaste de esos oficiales a que te refieres?'. General Gutiérrez Oropeza: 'Porque así fueron las órdenes, mi General'… Y entonces yo ordené a Mazón que pongan en libertad al prisionero, acto que se verificó".
Esta carta la escribió García Barragán el primero de enero de 1978, a casi una década de los sucesos del dos de octubre. La acusación es inapelable: el Presidente Díaz Ordaz ordenó a su jefe de Estado Mayor, el general Luis Gutiérrez Oropeza, que apostara hombres armados en los edificios de Tlatelolco para que dispararan contra la multitud y contra los mismos soldados, generando así un tiroteo indiscriminado.
Lo dice así en sus manuscritos el secretario de la Defensa de Díaz Ordaz.
Ahora bien: ¿Sólo el Gobierno fue responsable de la matanza? Particularmente, yo no lo creo así.
Los culpables estaban adentro y afuera. Unos, por escudarse en los estudiantes para satisfacer fobias ideológicas y otros para hacer que prevaleciera el principio de autoridad.
Unos y otros son igualmente culpables. Pero tal vez -y sólo tal vez- el grado de culpabilidad sea mayor en los líderes del movimiento estudiantil, pues fueron ellos y no el Gobierno quienes empujaron a la muchachada a provocar la sinrazón de las bayonetas y fusiles de la milicia.
Afirmo que tan asesinos fueron los francotiradores de Gutiérrez Oropeza como los líderes que en aras de servir a Gobiernos extranjeros mandaron al matadero a los estudiantes.
A 40 años de los sucesos del dos de octubre de 1968, prácticamente todos los hombres del poder que de un modo u otro participaron, ya han muerto.
Paradójicamente, los que han sobrevivido son los líderes del movimiento, salvo algunos que ya fallecieron, como Heberto Castillo y el propio general Lázaro Cárdenas, que dio cobijo a algunos de esos dirigentes.
Cabe la pregunta: Y a esos líderes, ¿quién diablos los enjuicia?
Hoy se ostentan como paradigmas de la lucha por la democracia y mártires de un movimiento de jóvenes. Pero en rigor, los izquierdistas nunca han sido promotores de la democracia porque el comunismo es, precisamente, la otra cara de la democracia.
El comunismo se sustenta, ideológicamente, en el sometimiento de la libre expresión de los pueblos.
Si de culpables hablamos, entonces esos ancianos líderes que cada mes de octubre ganan los espacios televisivos para clamar justicia, deberían de rendir cuentas a la sociedad, al país y a la historia.


