40 años de luto
Mi bandera está a media asta,
Hay luto en la facultad,
Mataron a un compañero,
Que hablaba de libertad.
La queja vuela en el viento
El corazón en la mano,
Hay sangre en el pavimento
Tlatelolco grita ¡Hermano!
Maestros que den sus clases,
En entera libertad,
Orgullo será del pueblo
Su gran Universidad.
(Canción anónima que surgió del movimiento estudiantil del 68)
La mañana del tres de octubre, el espacio de la caricatura de Abel Quezada en el periódico Excélsior, en lugar de sus acostumbrados monos solo era una gran mancha negra, y la titulaba ¿Por qué?. Han pasado cuarenta años y me sigo preguntando, como seguramente muchos mexicanos se sigan preguntando ¿Por qué?. La mayoría de los encabezados de los periódicos señalaron que, ante la provocación de los estudiantes el ejército había tenido que defenderse en la gran reunión convocada en la Plaza de las Tres Culturas, de la unidad Nonoalco Tlatelolco. Algunos, mencionaban la infiltración de agentes exóticos, agoreros del desastre, agitadores profesionales, enemigos de la patria, que buscaban manchar la imagen del país, ante la inminencia de la celebración de la Olimpiada de la Paz. México, ¡candil de la calle y oscuridad de su casa!
Las jornadas que culminaron con la tragedia del dos de octubre en Tlatelolco, vergüenza indeleble para nuestro país, lacra imborrable para el gobierno, adquieren en la perspectiva del tiempo, de las lecturas, de los comentarios, de la edad que no de la madurez, (porque en este tema me sigo, pese a las canas, sintiendo profundamente inmaduro), una dimensión estrujante. ¿Por qué, si así fue, se aprovecharon de lo más noble, lo más entusiasta, lo más inquieto, lo más aventurado, lo más libre de ataduras, que era la juventud para comprometerla en un movimiento de ignominia? ¿Por qué, si así fue, el gobierno no desenmascaró a las fuerzas exóticas, limitándose a aprehender a algunos cuantos, líderes, ideólogos, críticos, que más tarde serían liberados, muchos de ellos por amnistía? ¿Por qué, si así fue, en cuarenta años, no han quedado desenmascarados los enlaces, los factores de desestabilización, los intereses extraños?
El México de 1968 fue la culminación de los gobiernos emanados de la Revolución Mexicana, los ideales de la lucha armada recogidos en la gesta constitucionalista, nos dotaron de un instrumento jurídico que fue modelo para muchos países. Los gobiernos post-revolucionarios ensayaron diversas estrategias, menos la democracia. La estructura corporativista del partido oficial. La revolución institucionalizada (una contradicción en sí misma). La burocratización como estigma. La institucionalización del compadrazgo. La apoteosis de la corrupción. El sojuzgamiento de los campesinos transformadas las tiendas de raya en bancos rurales, conasupos y andsas. El adocenamiento de los obreros a través de la gran central manejada por un líder sempiterno. Las concesiones a los grupos de presión en la medida media necesaria para no comprometer la estructura gubernativa. El presidencialismo elevado a monarquía sexenal. El congreso como caja de resonancia del presidente. La oposición silenciada y la oposición oficial para dar visos de democracia al juego electoral. En fin, Vargas Llosa lo definió lapidariamente: “La dictadura perfecta”.
El 68 fue el parteaguas, contra todo eso se alzaba la juventud, que encontró en el conflicto magnificado por la torpeza del manejo gubernamental (recordemos que en el mes de julio el presidente Díaz Ordaz amplió su gira por Colima, para no regresar a la capital), el caldo de cultivo de una inquietud que se expresó en las marchas, en las pancartas, en las brigadas de información, en las asambleas transformadas luego en permanentes. Los objetivos inmediatos eran la desaparición de los instrumentos represivos del Código Penal Federal y la de las policías inconstitucionales. Los mediatos eran la apertura democrática. El gobierno desde los primeros momentos del conflicto optó por la vía dura. No era la primera vez en que se manifestaban inquietudes populares, ni la primera vez en que la represión violenta se hacía presente. El conflicto de los ferrocarrileros, el de los médicos, el de los campesinos guerrerenses, etc., habían sido reprimidos duramente. El bazucazo del ejército a la puerta del venerable Colegio de San Ildefonso, primero negado por la información oficial pero confirmado con la prueba irrefutable de la fotografía, mostró cuales serían los elementos para el diálogo, ofrecido pero nunca propiciado por la autoridad.
La juventud de México clamaba por la necesidad vital de espacios de libertad, de reflexión, de discusión, de debate, de diálogo. Frente a la marcha encabezada por el Rector de la Universidad Nacional Autónoma de México que partió de la explanada de la rectoría en Ciudad Universitaria rumbo a la Plaza de la Constitución, abogando por la autonomía y la libertad, la respuesta fueron los tanques del ejército cerrando el paso a una de las más emotivas, ordenadas y sentidas expresiones de unidad en torno de un anhelo de democratización.
Los reclamos de justicia, libertad, democracia... fueron acallados duramente, cuarenta años después, se puede decir con la perspectiva del tiempo, que la respuesta endureció la dictadura partidista, fortaleció la antidemocracia, exacerbó el autoritarismo, incrementó la corrupción. Todavía hay un largo trecho por recorrer.
Seguimos sufriendo polvos de aquellos lodos.


