Obituario para Jehová

PRIMERA DE DOS PARTES

El sábado seis de julio fue asesinado a golpes el adolescente Jehová Jiménez Cardona, en una calle de la Colonia Rodolfo Landeros, en el oriente de la ciudad. El difunto tenía 16 años, mientras que las edades de quienes le dieron muerte fluctúan entre los 14 y los 17.
¿Qué puede ser tan importante así como para tomar la vida de otro y destruirla? Por desgracia hoy en día esta se ha vuelto una pregunta recurrente, aunque por fortuna existen en Aguascalientes miles de personas; con toda seguridad cientos de miles, que no necesitan de amenazas de condenación eterna, o de códigos penales que quién sabe si se cumplan, para comportarse de manera respetuosa, con ellos mismos y con los demás. Pero de manera evidentemente perceptible son cada vez más aquellos a los que la promesa del infierno por mal comportamiento, o la hipotética amenaza de cárcel, los tienen sin cuidado. De manera perceptible el valor de la vida se ha abaratado; se abarata.
Más preguntas: ¿dónde estaban ese día, no sólo los padres de Jehová, sino también los de sus victimarios? ¿Dónde estuvieron toda la vida de estos incipientes jóvenes, hoy consumados asesinos, así como para permitirles que recorrieran ese camino perverso que terminó enfrentándolos ese día, frente a una pollería del fraccionamiento Rodolfo Landeros, y que culminó con la muerte de Jehová?
Para acabar pronto: ¿dónde estábamos todos? Del gobierno a las iglesias, de los partidos políticos a los grupos de pastoral; de la escuela a los clubes de servicio, ¿dónde estábamos? Porque a final de cuentas hechos como éste, con toda su carga de crueldad, están volviéndose cotidianos. Son la prueba más evidente de que entre nosotros hay cosas que andan muy mal.
Por ejemplo, en materia de desarrollo urbano. ¿Se ha fijado, espabilado lector, que la geografía de la delincuencia; de este tipo de delincuencia, está más o menos ubicada hacia las orillas?, es decir, hacia las zonas que han crecido de manera vertiginosa, desordenada, con una planeación y viviendas que atentan contra la dignidad de las personas; que no propician un desarrollo humano amable y creativo. ¿Y qué decir de la educación que se imparte hoy en día? Quizá resulte que la multiplicación de hechos como éste, y otros de menor trascendencia, signifiquen que no se está trabajando en la responsabilidad y el compromiso con una serie de valores elementales, básicos para una saludable convivencia comunitaria. A esto habría que agregar la impunidad, que se manifiesta en el pobre respeto que a muchos les merecen las leyes, y en una autoridad excesivamente permisiva con quienes las violentan.
Este Jehová Jiménez Cardona pudo ser muchas cosas: obrero, empleado, chofer, albañil. Pero también había otras opciones, dadas sus condiciones de vida. El ya no podrá tomarlas, pero otros jóvenes como él, en su situación; con su ambiente y educación, sí: convertirse en sicarios y/o vendedores de drogas al menudeo, además de drogadictos…
En su edición del seis de julio, El Sol del Centro publicó una fotografía que observé con la morbosa fascinación que puede provocarnos el mal. En el centro de la calle, en el lugar de los hechos, yace el cadáver boca abajo, alto y delgado, la cabeza cubierta con un trapo. Cerca, un policía parece dispuesto a contener a una pequeña multitud que más bien se agrupa en paz, observando la escena, como si esperara el inicio del Desfile de Primavera, o la Romería de la Asunción. En realidad, los mirones, entre ellos varios niños, contemplan el desfile triunfal de la muerte…

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